Los cuerpos de las mujeres como espectáculo en Ch’utillos

La elección de la Ñusta y Predilecta de Ch’utillos 2026 dejó una imagen que merece reflexión. Sobre un escenario, mujeres representantes de distintas fraternidades desfilaron en tres modalidades: traje de baño, traje de gala y traje correspondiente a la danza de su fraternidad. 
Opinión16 de agosto de 2026 Evelyn Callapino Guarachi

La incorporación del traje de baño generó cuestionamientos entre la población potosina, particularmente porque se trata de una elección vinculada a una festividad que representa parte de la cultura y del patrimonio de Potosí. Sin embargo, la discusión puede ir más allá de esa prenda.

La actividad fue organizada por la Asociación de Fraternidades Folklóricas y Autóctonas de Potosí (AFFAP), institución que convirtió los cuerpos de las mujeres en parte de un espectáculo para ser exhibidos, observados, comparados y evaluados públicamente. Actualmente, la directiva de la AFFAP está compuesta mayoritariamente por hombres. En este sentido, resulta pertinente preguntarnos qué implica que una organización dirigida principalmente por hombres establezca las condiciones bajo las cuales las jóvenes que representan a las fraternidades deben presentarse ante un jurado: ¿quién mira?, ¿quién determina cómo deben ser miradas? y ¿quién obtiene la autoridad para calificar esos cuerpos?

El problema no radica en el traje de baño. El problema aparece cuando una institución establece las condiciones para colocar esos cuerpos sobre una pasarela y convertirlos en parte de un espectáculo de observación, comparación y calificación. En ese acto también se expresan relaciones de poder: alguien establece las reglas, define qué debe mostrarse y determina qué características serán observadas y valoradas.

Los concursos de belleza no evalúan los cuerpos en abstracto. Históricamente, han construido y reproducido cánones sobre qué mujeres pueden ser consideradas “bellas”. Las medidas y proporciones corporales, la estatura, el cabello, las facciones y el color de la piel han formado parte de esos imaginarios. De este modo, se construyen jerarquías entre cuerpos y pieles: algunas características se aproximan más que otras a un ideal estereotipado que termina determinando quién merece una banda, una corona o un reconocimiento público.

El Gobierno Municipal de Potosí también se pronunció sobre lo ocurrido, particularmente por la participación y exposición de adolescentes. Su pronunciamiento se produjo bajo el argumento de una posible vulneración de derechos. No obstante, es necesario abordar el problema de manera más estructural y cuestionar la normalización de certámenes que convierten los cuerpos de niñas, adolescentes y mujeres en objetos de exhibición, comparación y valoración pública.

Las elecciones de Predilectas, Reinas, Ñustas y otras figuras semejantes son recurrentes en Potosí y en Bolivia. Se realizan en festividades, colegios, instituciones y acontecimientos deportivos. Cambian los nombres y los espacios, pero permanece una práctica en la que, principalmente, los cuerpos de niñas, adolescentes y mujeres jóvenes son colocados sobre un escenario para ajustarse a determinados estándares de belleza, prestigio y reconocimiento.

Por ello, la discusión sobre lo ocurrido en Ch’utillos no debería reducirse a estar a favor o en contra del traje de baño. La cuestión de fondo es la normalización de eventos en los que los cuerpos de las mujeres se convierten en objetos de observación y valoración pública. También debemos preguntarnos por qué estos espectáculos continúan siendo aceptados culturalmente y qué valores reproducen.

Mientras el reconocimiento público de las mujeres siga pasando por la comparación de cuerpos, la jerarquización de medidas y la clasificación de pieles, continuaremos reproduciendo relaciones de poder bajo formas que hemos aprendido a considerar normales. El debate sobre Ch’utillos debería abrir, precisamente, una discusión más amplia sobre la manera en que una sociedad mira, representa y valora los cuerpos de las mujeres.

 

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